En el fondo, el cumplimiento de una promesa. Una promesa
repetida, sobada, anhelada, trastocada y casi, casi asesinada. Detrás de las
frases grandilocuentes, los cuestionamientos y los números, creo que de lo que
hablas es de esa promesa cumplida, no solo para quienes han sido despojados por
años de un mínimo de bienestar sino también para quienes los miramos de lejos y
deseamos que eso, la terrible pobreza, muera y que la esperanza sea
cumplimiento.
“Por el bien de todos, primero los pobres” no solo es una
frase movilizadora y ofensiva para muchos que piensan que poner a los pobres,
esos que “no han querido salir adelante y les gusta vivir así”, como
prioritarios, es un desjuicio propio solamente de nacos, comunistas y
farsantes. Es una frase que ha catalizado una gran verdad del psiquismo humano:
aceptar al otro como igual en su esencia, en sus derechos, en su propio
proceder es un acto que no cualquiera logra construir; es difícil aceptarlo
como igual cuando saltan a la vista grandes diferencias, sobre todo aquellas
que representan una amenaza: revelarnos a nosotros mismos que esa vida es una
posibilidad y que, peor aún, aceptar la igualdad borraría de tajo el permiso
que los más afortunados sienten tener de abusar del otro, del que los necesita
para llevarse un bocado día con día.
Escribiste un par de oraciones que me llamaron mucho la
atención: “no es suficiente la compasión discrecional…” y “la pobreza lacerante
en nuestro país va más allá de las culpas momentáneas”. Me gustaron porque, más allá de lo político
está lo humano, el uno por uno, los afectos jugados en la relación con el otro,
que de alguna forma nos mueven a reaccionar. La culpa y la compasión, como tú
dices, tienen que llevarnos a actuar y a comprometernos a dar algo de nosotros,
a soltar una postura narcisista del “solo yo”, al “somos todos” y así, al
beneficio de “nosotros”. “¿Porqué
tenemos que pagar el costo de los programas sociales quienes pagamos
impuestos?”, es la pregunta que escuchamos de nuestros hijos cuando son
pequeños: ¿porqué tengo que compartir mis dulces con mi hermanito?”. “Porque
compartir con él y verlo feliz, te hace feliz también”, les contesta uno para formar la unión familiar, para
construir en ellos la generosidad y por ende, instaurar una dinámica amorosa y
trascendente en la familia, el grupo o la sociedad. Por supuesto, sería absurdo
y demasiado romántico pensar que todo el mundo transita por ahí y que el odio,
la mezquindad y el abuso no pueden brindar una gran satisfacción para cierto
tipo de personas que han probado las mieles de poder.
Estoy escuchando ahorita mismo cómo la mayoría de los
noticieros, periódicos, estaciones de radio y demás monerías “de la
comunicación”, simple y llanamente han decidido no hablar de los resultados del
CONEVAL respecto a la disminución de la pobreza gracias a la estrategia
económica del presidente. Me quedo con una sensación de impotencia, de molestia
y un poco de incredulidad. La maldad existe, es un hecho.
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