viernes, 6 de diciembre de 2019


7 segundos


     
         


Pasos lentos, arrastrados, dubitativos, que no se detienen muy a pesar de ellos mismos. Van subiendo la escalera, comiéndose el tiempo, ya decididos a llegar. Está el elevador, pero su prisa y su gente estorban.

          “No me apresuro, ¿a dónde voy a llegar?”

Personas pasan pero no la miran; su existencia rutinaria, mecánica y solitaria no se molesta en observar detalles nimios y diferentes que atraviesan su camino. Si acaso ven el cabello, la ropa, los tenis; no miran la tristeza que camina junto a ellos y que refleja su propia vacuidad.

Tercer piso. En realidad son seis. El multifamiliar es el doble de alto de lo que dicen sus direcciones. Más de treinta metros. Ya no subir más. El cansancio agota, igual que la vida cuando se vive una pesadilla. Sin embargo, esta altura, esta angustia, esta emoción…  

          “Aquí parada viendo al vacío soy. Soy la carne y los huesos, soy el sexo y los golpes, soy la loca y soy la madre.  Pero también soy habitada por otros que me hacen ser otra: la cobardía, la desidia, el hartazgo y la enorme, enorme duda del amor.”

Se acerca al barandal. De inmediato esa sensación de horror la rechaza.  No hay nadie. Siente el viento, su cabello se alborota. Mira los volcanes.

          “Pero ya lo he visto todo  ¿para qué quiero ver más?”

Recorre los pasillos, tienen tantos recovecos, tantas puertas, tantas personas dentro.  Hay duda. Sabe que lo ha decidido y lo ha preparado, pero tal vez podría haber otra oportunidad.  Si se alejase de todo, si construyese un mundo nuevo, si lograra hacerse amar.

          “El amor. ¡Mierda! El amor. El amor de una madre. ¡El amor maternal es una patraña! Es un mito. No existe. Las madres son una mierda y lo sé porque yo soy una madre. Somos capaces de hacer del hijo el arma perfecta para sacar del otro lo que sea. Te engañan diciendo que aunque nunca te desearon cuando eras apenas un feto, ahora te aman profundamente y, ya que son viejas e inútiles, es momento de resarcirlas de todo lo que te dieron y así acaban con tu vida. El amor de madre es el parapeto perfecto a la mezquindad y la podredumbre de alma. Yo soy madre.  Sé que mis hijos no me detienen ni me son suficientes. Y eso me mata. Sé que ellos no me dan ni me darán nunca lo que yo deseo. Y eso está bien. No les pido que me colmen, pero este vacío  me inunda de tristeza.  No lo soporto. Si soy como ella y les demando todo, es mierda. Si no les pido nada, es mierda. Y no puedo más. Los confundo y los preocupo. ¿Qué hago con su mirada inquisitiva que pide a gritos silenciosos ya poner un alto a tanta locura?”

          “Y los hombres, ¿acaso nos pueden amar? Siempre insatisfechas, siempre quejumbrosas, siempre demandantes.  Siempre buscando ser amadas pero solo amándonos a nosotras mismas en el otro.  Si yo fuera hombre ni las pelaría. Soy mujer y soy fea y estoy eternamente frustrada. Quiero que un hombre me ame cuando no tengo nada que ofrecerle, un culo lo encuentran donde sea. Sustancia es lo que hace que un hombre ame a una mujer. No solo ser inteligente, culta, bonita.  No. Es pensamiento, es risa, es ternura y es generosidad. Y yo carezco de todo eso. Lo he vivido desde hace años y nada. Yo no me puedo hacer amar.  Y la verdad, ¿qué es una mujer sin un hombre? Aunque las feministas me digan lo contrario, para mí una mujer sin un hombre es un ser incompleto. Esa soy yo. Y ya me harté. Porque ni sola ni acompañada. La vida, la vida puede volar. Yo puedo volar. La muerte es posible.”

No hay emoción en su rostro, sus gestos contienen su angustia. Nadie podría pensar que va buscando por fin ese espacio donde sentirse viva. Nunca lo dirá. Nunca la escucharán. Nadie sabrá que un sueño está por cumplirse. La nada.

Ahí está un macetero, le llega a la cintura. Ya no hay horror: hay decisión. Sube en él, no mira hacia abajo pero siente vértigo. Resbala su mano, se aferra al poste como si no quisiera caer. El cuerpo tiembla de emoción, suda de impaciencia. Ya quiere mirarlo todo. El macetero es testigo de su pisada y de su peso. Son 7 segundos los que tarda en caer. Abortó su vida y ahora el gis que la rodea dibuja el contorno de un feto.  No hubo sangre, solamente un cuerpo contenido, explotado por dentro, que nos dice: “el horror ya no es mío, se lo dejo a los demás”.


                  
                          

martes, 19 de noviembre de 2019

Daenerys Targaryen



El capricho femenino en su máxima expresión: Daenerys, una mujer guerrera, con altos valores morales y éticos, que buscaba la libertad y el bienestar para los pueblos sometidos aún a costa de sí misma. Sin embargo, no logra sostenerse cuando siente que su hombre es ahora su rival y además, es a él a quien todos quieren. No reconoce que el amor, la validación y la obediencia de la gente se construye, tal como ella misma lo hizo en Mereen y no se arrebata a menos que se esté dispuesta a ser odiado.  Es entonces que Westeros, el trono y el pueblo dejan de tener valor para ella e impone su destrucción, sin percatarse de que está, simultáneamente, destruyéndose a sí misma. La ira y el capricho femenino en su máxima expresión: si no me amas y me das todo, tampoco será de otro. Una verdadera lástima de final de la que podría haber sido la mejor serie de la historia y el cambio de paradigma de lo que La Mujer de este nuevo siglo podría ser. Repito: una lástima.

La Apuesta





¿A quién miras si no es a mí?                     
¿A quién tocas si no es a mí?
¿A quién besas, acaricias y posees si no es a mí?


Lo miro en la pantalla y sé que estás allí, sé que tu silencio no es por muerte. Tu silencio es simple y llano, es porque no ocupo más tu pensamiento. Y menos tu corazón. No me añoras, ni me deseas, ni necesitas. Todo se acabó y no lo entiendo. Días atrás, siete, ocho, nueve, susurrabas, yo así lo siento, amores y lujurias todas juntas, caricias en la nuca, en la espalda y en los pechos. Besos resbalando vino, lenguas húmedas apenas tocándose, apenas conociéndose, una entrega sumisa dispuesta a más. La insistencia en tus palabras y la seducción exquisita, sabiendo con toda certeza el momento en el cual dirías aquello que yo deseo oír. Y lo hiciste. Yo te fui guiando arropada en el desconcierto y en la estupidez, que yo llamaba precaución, solo para disculpar la pronta entrega a un hombre casado. Y aún cuando, audios van y audios vienen, yo aclaraba mi postura, cierto es que seguía allí, deseando que tu boca revelase una garantía que calmase el desasosiego. Como niña jugando en la montaña de palabras y emociones, me sumergía en ellas aventando, haciendo a un lado todo lo que no cumple ese propósito. Busco y busco y busco. Te escucho, te leo, te siento. Y te creo. Porque esa es la única forma que tengo para permitirme lo que la razón, el respeto y la sensatez prohíben. Y también aquella que siempre he sido pero que en cualquier momento le presento mi renuncia. Te deseo mío. Te deseo mío en el cuerpo, en el alma, en el corazón y en la vida entera. Decirte lo que pasa por mi mente, halagarte con detalles, tomar tu mano y hacer con ella lo que quiera. Abrazar tu pecho, rozar tus vellos, besar tu espalda y amanecer contigo. Sentir que los días son eternos y que el tiempo de otoño puede convertirse en primavera. Y disfrutarnos, reírnos, pasear por el mundo y sus calles plenas de aventuras y de gente que al vernos reflejen en sus ojos que el amor es posible. Es el sueño de una niña convertida en mujer que se resiste a renunciar al amor.  Nunca he renunciado porque sé que es posible. No importa que a lo largo de los años, en esa búsqueda haya habido tropiezos y desbarrancos, mucho dolor y suicidio alucinado, amenaza de soledad y de amargura, siempre llega el momento, siempre de sorpresa, ahí está otra vez, la moneda en el aire invitándome a la apuesta. Y yo apuesto al amor.

Pero el amor es una misa de cuerpo presente. Y tú no estás aquí. Tú eres un sonido en el celular, textos en fondo verde con caritas que suplen emociones, tú eres un audio con flecha azul que avanza a la par de tu voz. Y la foto estática de tu sonrisa. Eres un párrafo, tierno o cachondo que me deja un poco triste y un poco incómoda. Porque pienso en ti todos los días, pienso que me gustaría que estuvieses aquí, conocerte de una forma diferente. En estos tiempos lo diferente es la presencia, la mirada que se mira en los ojos del otro, un rostro que transmite al unísono con palabras que necesitan ser escuchadas, un calor en tus manos que toman las mías y me dicen que está bien, que estar juntos está bien. Me gustaría que estuvieses aquí. Porque el juego sensual cibernético solo satisface a las manos y a lo más íntimo de la carne pero deja un vacío que ahoga la esperanza. La ausencia del cuerpo invita al desaliento, a la pregunta, a la cosificación de alguien que es deseo encarnado en mujer pero que se usa para la satisfacción transitoria de una noche de desvelo. Es la nueva era, es el amor más frío.

El amor es una misa de cuerpo presente. Y tú no estás aquí. Te pienso mucho, mucho, mucho. Son pensamientos y deseos que hago a un lado porque lastiman. Lastima la idea de mí, de mí decente, prudente y respetuosa, porque dejo de ser yo cuando la imagen que se me revela es la nuestra.  Y aunque la obnubilación del corazón me dice que es posible, la claridad de la razón me indica lo prohibido. Otra vez. La revivificación de un amor transgresor, que lucha para ser pero que tiene el destino marcado: lo imposible. Tú y yo, solo una idea, solo el goce de lo prohibido y de lo que no puede ser.

A hurtadillas imagino solo por un instante que la balanza me favorezca, de inmediato aparece la culpa de la satisfacción obtenida, pero en realidad ¿cuál sería la satisfacción? ¿Ganarle? ¿Ganarte? No. Prefiero perder. Porque en el devenir, debe haber una renuncia a lo prohibido para entonces construir la vida que placentera se muestre al sol. Seguiré pensando en ti hasta que cada línea, cada brillo, cada recoveco de tu rostro se diluya en la cotidianeidad y no estés más en mí. Entonces será el momento de relanzar la moneda al aire. Y apostar al amor.


viernes, 1 de noviembre de 2019

Peter Gabriel: The New Blood Orchestra y una jauría




¿Acaso Peter Gabriel se había equivocado? ¿Un concierto de rock en donde la consigna era "no guitarras, no batería"...no Gabriel? La idea de un cursi recital acompañado de violines y arpas me provocaba decepción o náuseas, no estaba segura.  Solamente tres pantallas, no se veía ningún artilugio tecnológico de última generación.  Un recinto que se llenaba lenta, muy lentamente era un presagio más.  Sola en el silencio, mi cuerpo era una jaula.

Nada de eso.  Peter Gabriel me ofreció una de las experiencias musicales más emotivas de mi vida. Y digo me ofreció porque sentí, a medida que escuchaba sus canciones, que en realidad estaba yo en una cita única y personal con él.  Me platicaba de sus amores, de su padre, de sus sueños y de sus preocupaciones.  Mis oídos se llenaban con su voz, rasposa y dulce, llevándome a vibrar con cada una de sus notas y haciéndome hablar de mí, de mi más profundo sentir.  Las lágrimas, las mías, no nos abandonaron nunca.  Y sus caricias tampoco. El hombre más tierno, el hombre más sabio, el hombre más humano. Ese es el hombre que me cantó toda la noche.

"My body is a cage and my mind has the key". Los violines le acompañaban, obstinados, se repetían y se repetían y se repetían.  Eran suaves, rítmicos, armoniosos. De pronto, sin siquiera poder anticiparlo, ¡se abrió la compuerta! Los galgos, las violas, los lebreles y los chelos, en una furiosa carrera por la vida, se abalanzaron por el escenario en una frenética cacería sensual y dolorosa. Se oían sus fuertes pisadas, comiéndose el tiempo y la razón. No podía pensar, no podía recordar, solamente había espacio para sentir y vibrar. Las cuerdas de los violines se convirtieron en bestias que laceraban el corazón para que la sangre fluyera y se esparciera recorriendo la piel, apresándola, rasguñándola, doliéndola. No pude más. La entrega fue completa. Y ahora sé que no estoy sola.




24 noviembre 2011

miércoles, 24 de abril de 2019

TU AUSENCIA





No me duele el corazón, no me duele el alma ni las lágrimas corren por mis ojos. Mis mañanas no han cambiado y mi vida es la misma. Los atiendo, cumplo mis tareas y estoy en casa rodeada de una cotidianeidad lisa y llana. Nada ha cambiado. He reacomodado tus cosas, algunas las he regalado y otras se están usando como si nunca te hubiesen pertenecido. Nada es distinto. Los amigos y la familia nos visitan, cocinamos cosas ricas y vemos Game of Thrones. Saco a pasear a los perros, les doy de comer y les invento nombres y canciones que acompaño con bailes ridículos, los de siempre. Hasta me he ido de compras y a comer con las amigas. Es como si nunca te hubieses ido. O como si nunca hubieses estado aquí. No hay rastro de ti, solo un cofre frío y blanco que contiene tus cenizas, eso es todo. Nada de ti. Nada. Es una ausencia tan grande, un espacio tan vacío, un silencio tan fuerte. Así es que, antes de que mi resistencia desfallezca y la más exitosa negación flaqueé, busco en mi mente una frase que me siga sosteniendo: “ya no sufre”, “ahora está mejor”, “ya estaba grande”.

Pero ya no puedo más. Se clava una daga en mi cuello, yo la llamo, yo la busco, yo la necesito para sacar este dolor de tu ausencia invocando tu nombre, oteando tu aroma, sintiendo tu pelo, mirando tus ojos. Hacer que tu presencia calme la desintegración de mi vida, que ponga un alto al enorme y silente vacío que me mata poco a poco y que deja sin sentido una vida que ahora es inútil sin ti. Tú eras mi eje, mis horarios y mis posibles amores. Mi gordura, mi ejercicio, mi trabajo y mi dormir. Mi muerte en tu muerte. Este vacío me mata, debo llenarme de ti aunque sea con palabras, arrancarle a la ausencia una creación y volver a ser vida. Tu vida, mi vida. Tu vida en símbolos, mi vida en carne.

Después, cuando el tiempo no se advierta y el alma recupere su latir, tal vez, y solamente tal vez, pueda creer que este dolor ha sido la medida de un intenso amor que siempre valdrá la pena volver a vivir.




Maru



A mi amada Ortzi,  te llevo siempre en mi corazón.