¿A quién miras si no es
a mí?
¿A quién tocas si no es a mí?
¿A quién besas, acaricias y posees si no es a mí?
Lo miro en la pantalla y sé que estás allí, sé que tu
silencio no es por muerte. Tu silencio es simple y llano, es porque no ocupo más tu pensamiento. Y menos tu corazón. No me añoras, ni me deseas, ni necesitas.
Todo se acabó y no lo entiendo. Días atrás, siete, ocho, nueve, susurrabas, yo así lo
siento, amores y lujurias todas juntas, caricias en la nuca, en la espalda y en
los pechos. Besos resbalando vino, lenguas húmedas apenas tocándose, apenas
conociéndose, una entrega sumisa dispuesta a más. La insistencia en tus
palabras y la seducción exquisita, sabiendo con toda certeza el momento en el
cual dirías aquello que yo deseo oír. Y lo hiciste. Yo te fui guiando arropada
en el desconcierto y en la estupidez, que yo llamaba precaución, solo para
disculpar la pronta entrega a un hombre casado. Y aún cuando, audios van y
audios vienen, yo aclaraba mi postura, cierto es que seguía allí, deseando que tu boca revelase una garantía que calmase el desasosiego. Como niña
jugando en la montaña de palabras y emociones, me sumergía en ellas aventando,
haciendo a un lado todo lo que no cumple ese propósito. Busco y busco y busco.
Te escucho, te leo, te siento. Y te creo. Porque esa es la única forma que
tengo para permitirme lo que la razón, el respeto y la sensatez prohíben. Y
también aquella que siempre he sido pero que en cualquier momento le presento
mi renuncia. Te deseo mío. Te deseo mío en el cuerpo, en el alma, en el
corazón y en la vida entera. Decirte lo que pasa por mi mente, halagarte con detalles, tomar tu mano y hacer con ella lo que quiera. Abrazar tu pecho,
rozar tus vellos, besar tu espalda y amanecer contigo. Sentir que los días son
eternos y que el tiempo de otoño puede convertirse en primavera. Y
disfrutarnos, reírnos, pasear por el mundo y sus calles plenas de aventuras y
de gente que al vernos reflejen en sus ojos que el amor es posible. Es el
sueño de una niña convertida en mujer que se resiste a renunciar al amor. Nunca he
renunciado porque sé que es posible. No importa que a lo largo de los años, en
esa búsqueda haya habido tropiezos y desbarrancos, mucho dolor y suicidio
alucinado, amenaza de soledad y de amargura, siempre llega el momento, siempre
de sorpresa, ahí está otra vez, la moneda en el
aire invitándome a la apuesta. Y yo apuesto al amor.
Pero el amor es una misa de cuerpo presente. Y tú no
estás aquí. Tú eres un sonido en el celular, textos en fondo verde con caritas
que suplen emociones, tú eres un audio con flecha azul que avanza a la par de
tu voz. Y la foto estática de tu sonrisa. Eres un párrafo, tierno o cachondo
que me deja un poco triste y un poco incómoda. Porque pienso en ti todos los
días, pienso que me gustaría que estuvieses aquí, conocerte de una forma
diferente. En estos tiempos lo diferente es la presencia, la mirada que se mira
en los ojos del otro, un rostro que transmite al unísono con palabras que
necesitan ser escuchadas, un calor en tus manos que toman las mías y me dicen
que está bien, que estar juntos está bien. Me gustaría que estuvieses aquí.
Porque el juego sensual cibernético solo satisface a las manos y a lo más
íntimo de la carne pero deja un vacío que ahoga la esperanza. La ausencia del cuerpo
invita al desaliento, a la pregunta, a la cosificación de alguien que es deseo
encarnado en mujer pero que se usa para la satisfacción transitoria de una
noche de desvelo. Es la nueva era, es el amor más frío.
El amor es una misa de cuerpo presente. Y tú no estás
aquí. Te pienso mucho, mucho, mucho. Son pensamientos y deseos que hago a un
lado porque lastiman. Lastima la idea de mí, de mí decente, prudente y
respetuosa, porque dejo de ser yo cuando la imagen que se me revela es la nuestra. Y aunque la obnubilación del corazón me dice que es posible, la
claridad de la razón me indica lo prohibido. Otra vez. La revivificación de un
amor transgresor, que lucha para ser pero que tiene el destino marcado: lo
imposible. Tú y yo, solo una idea, solo el goce de lo prohibido y de lo que no
puede ser.
A hurtadillas imagino solo por un instante que la balanza me
favorezca, de inmediato aparece la culpa de la satisfacción obtenida, pero en
realidad ¿cuál sería la satisfacción? ¿Ganarle? ¿Ganarte? No. Prefiero perder.
Porque en el devenir, debe haber una renuncia a lo prohibido para entonces
construir la vida que placentera se muestre al sol. Seguiré pensando en ti
hasta que cada línea, cada brillo, cada recoveco de tu rostro se diluya en la
cotidianeidad y no estés más en mí. Entonces será el momento de relanzar la
moneda al aire. Y apostar al amor.
Y así sentimos y así ocultamos lo que realmente sentimos. Estas palabras aclaran el sentir de muchas mujeres enamoradas del amor. Y que en ocasiones dirijen ese sentimiento hacia imposibles. Excelente forma de expresarlo... Gracias por compartir tu talento con el mundo y en especial con nosotras las mujeres!
ResponderEliminarDesde mi autoría, no se habla de una mujer enamorada del amor, sino de una mujer que, entre ilusiones, vacíos, deseo y sinsabores, hace una demanda de amor a un hombre. Es la lucha ambivalente del corazón y la mente.
ResponderEliminar