No me duele el corazón, no me duele el alma ni las lágrimas
corren por mis ojos. Mis mañanas no han cambiado y mi vida es la misma. Los
atiendo, cumplo mis tareas y estoy en casa rodeada de una cotidianeidad lisa y
llana. Nada ha cambiado. He reacomodado tus cosas, algunas las he regalado y
otras se están usando como si nunca te hubiesen pertenecido. Nada es distinto.
Los amigos y la familia nos visitan, cocinamos cosas ricas y vemos Game of
Thrones. Saco a pasear a los perros, les doy de comer y les invento nombres y
canciones que acompaño con bailes ridículos, los de siempre. Hasta me he ido de
compras y a comer con las amigas. Es como si nunca te hubieses ido. O como si
nunca hubieses estado aquí. No hay rastro de ti, solo un cofre frío y blanco
que contiene tus cenizas, eso es todo. Nada de ti. Nada. Es una ausencia tan
grande, un espacio tan vacío, un silencio tan fuerte. Así es que, antes de que mi resistencia desfallezca y la más exitosa negación flaqueé, busco en mi mente una
frase que me siga sosteniendo: “ya no sufre”, “ahora está mejor”, “ya estaba
grande”.
Pero ya no puedo más. Se clava una daga en mi cuello, yo la
llamo, yo la busco, yo la necesito para sacar este dolor de tu ausencia invocando
tu nombre, oteando tu aroma, sintiendo tu pelo, mirando tus ojos. Hacer que tu
presencia calme la desintegración de mi vida, que ponga un alto al enorme y
silente vacío que me mata poco a poco y que deja sin sentido una vida que ahora es
inútil sin ti. Tú eras mi eje, mis horarios y mis posibles amores. Mi gordura,
mi ejercicio, mi trabajo y mi dormir. Mi muerte en tu muerte. Este vacío me
mata, debo llenarme de ti aunque sea con palabras, arrancarle a la ausencia una
creación y volver a ser vida. Tu vida, mi vida. Tu vida en símbolos, mi vida en
carne.
Después, cuando el tiempo no se advierta y el alma recupere
su latir, tal vez, y solamente tal vez, pueda creer que este dolor ha sido la
medida de un intenso amor que siempre valdrá la pena volver a vivir.
Maru
A mi amada Ortzi, te llevo siempre en mi corazón.