La vida no era un paraíso. Fueron las palabras, sus sinsentidos y sus múltiples significados las que lograron la belleza.
martes, 19 de noviembre de 2019
Daenerys Targaryen
El capricho femenino en su máxima expresión: Daenerys, una mujer guerrera, con altos valores morales y éticos, que buscaba la libertad y el bienestar para los pueblos sometidos aún a costa de sí misma. Sin embargo, no logra sostenerse cuando siente que su hombre es ahora su rival y además, es a él a quien todos quieren. No reconoce que el amor, la validación y la obediencia de la gente se construye, tal como ella misma lo hizo en Mereen y no se arrebata a menos que se esté dispuesta a ser odiado. Es entonces que Westeros, el trono y el pueblo dejan de tener valor para ella e impone su destrucción, sin percatarse de que está, simultáneamente, destruyéndose a sí misma. La ira y el capricho femenino en su máxima expresión: si no me amas y me das todo, tampoco será de otro. Una verdadera lástima de final de la que podría haber sido la mejor serie de la historia y el cambio de paradigma de lo que La Mujer de este nuevo siglo podría ser. Repito: una lástima.
La Apuesta
¿A quién miras si no es
a mí?
¿A quién tocas si no es a mí?
¿A quién besas, acaricias y posees si no es a mí?
Lo miro en la pantalla y sé que estás allí, sé que tu
silencio no es por muerte. Tu silencio es simple y llano, es porque no ocupo más tu pensamiento. Y menos tu corazón. No me añoras, ni me deseas, ni necesitas.
Todo se acabó y no lo entiendo. Días atrás, siete, ocho, nueve, susurrabas, yo así lo
siento, amores y lujurias todas juntas, caricias en la nuca, en la espalda y en
los pechos. Besos resbalando vino, lenguas húmedas apenas tocándose, apenas
conociéndose, una entrega sumisa dispuesta a más. La insistencia en tus
palabras y la seducción exquisita, sabiendo con toda certeza el momento en el
cual dirías aquello que yo deseo oír. Y lo hiciste. Yo te fui guiando arropada
en el desconcierto y en la estupidez, que yo llamaba precaución, solo para
disculpar la pronta entrega a un hombre casado. Y aún cuando, audios van y
audios vienen, yo aclaraba mi postura, cierto es que seguía allí, deseando que tu boca revelase una garantía que calmase el desasosiego. Como niña
jugando en la montaña de palabras y emociones, me sumergía en ellas aventando,
haciendo a un lado todo lo que no cumple ese propósito. Busco y busco y busco.
Te escucho, te leo, te siento. Y te creo. Porque esa es la única forma que
tengo para permitirme lo que la razón, el respeto y la sensatez prohíben. Y
también aquella que siempre he sido pero que en cualquier momento le presento
mi renuncia. Te deseo mío. Te deseo mío en el cuerpo, en el alma, en el
corazón y en la vida entera. Decirte lo que pasa por mi mente, halagarte con detalles, tomar tu mano y hacer con ella lo que quiera. Abrazar tu pecho,
rozar tus vellos, besar tu espalda y amanecer contigo. Sentir que los días son
eternos y que el tiempo de otoño puede convertirse en primavera. Y
disfrutarnos, reírnos, pasear por el mundo y sus calles plenas de aventuras y
de gente que al vernos reflejen en sus ojos que el amor es posible. Es el
sueño de una niña convertida en mujer que se resiste a renunciar al amor. Nunca he
renunciado porque sé que es posible. No importa que a lo largo de los años, en
esa búsqueda haya habido tropiezos y desbarrancos, mucho dolor y suicidio
alucinado, amenaza de soledad y de amargura, siempre llega el momento, siempre
de sorpresa, ahí está otra vez, la moneda en el
aire invitándome a la apuesta. Y yo apuesto al amor.
Pero el amor es una misa de cuerpo presente. Y tú no
estás aquí. Tú eres un sonido en el celular, textos en fondo verde con caritas
que suplen emociones, tú eres un audio con flecha azul que avanza a la par de
tu voz. Y la foto estática de tu sonrisa. Eres un párrafo, tierno o cachondo
que me deja un poco triste y un poco incómoda. Porque pienso en ti todos los
días, pienso que me gustaría que estuvieses aquí, conocerte de una forma
diferente. En estos tiempos lo diferente es la presencia, la mirada que se mira
en los ojos del otro, un rostro que transmite al unísono con palabras que
necesitan ser escuchadas, un calor en tus manos que toman las mías y me dicen
que está bien, que estar juntos está bien. Me gustaría que estuvieses aquí.
Porque el juego sensual cibernético solo satisface a las manos y a lo más
íntimo de la carne pero deja un vacío que ahoga la esperanza. La ausencia del cuerpo
invita al desaliento, a la pregunta, a la cosificación de alguien que es deseo
encarnado en mujer pero que se usa para la satisfacción transitoria de una
noche de desvelo. Es la nueva era, es el amor más frío.
El amor es una misa de cuerpo presente. Y tú no estás
aquí. Te pienso mucho, mucho, mucho. Son pensamientos y deseos que hago a un
lado porque lastiman. Lastima la idea de mí, de mí decente, prudente y
respetuosa, porque dejo de ser yo cuando la imagen que se me revela es la nuestra. Y aunque la obnubilación del corazón me dice que es posible, la
claridad de la razón me indica lo prohibido. Otra vez. La revivificación de un
amor transgresor, que lucha para ser pero que tiene el destino marcado: lo
imposible. Tú y yo, solo una idea, solo el goce de lo prohibido y de lo que no
puede ser.
A hurtadillas imagino solo por un instante que la balanza me
favorezca, de inmediato aparece la culpa de la satisfacción obtenida, pero en
realidad ¿cuál sería la satisfacción? ¿Ganarle? ¿Ganarte? No. Prefiero perder.
Porque en el devenir, debe haber una renuncia a lo prohibido para entonces
construir la vida que placentera se muestre al sol. Seguiré pensando en ti
hasta que cada línea, cada brillo, cada recoveco de tu rostro se diluya en la
cotidianeidad y no estés más en mí. Entonces será el momento de relanzar la
moneda al aire. Y apostar al amor.
viernes, 1 de noviembre de 2019
Peter Gabriel: The New Blood Orchestra y una jauría
¿Acaso Peter Gabriel se había equivocado? ¿Un concierto de rock en donde la consigna era "no guitarras, no batería"...no Gabriel? La idea de un cursi recital acompañado de violines y arpas me provocaba decepción o náuseas, no estaba segura. Solamente tres pantallas, no se veía ningún artilugio tecnológico de última generación. Un recinto que se llenaba lenta, muy lentamente era un presagio más. Sola en el silencio, mi cuerpo era una jaula.
Nada de eso. Peter Gabriel me ofreció una de las experiencias musicales más emotivas de mi vida. Y digo me ofreció porque sentí, a medida que escuchaba sus canciones, que en realidad estaba yo en una cita única y personal con él. Me platicaba de sus amores, de su padre, de sus sueños y de sus preocupaciones. Mis oídos se llenaban con su voz, rasposa y dulce, llevándome a vibrar con cada una de sus notas y haciéndome hablar de mí, de mi más profundo sentir. Las lágrimas, las mías, no nos abandonaron nunca. Y sus caricias tampoco. El hombre más tierno, el hombre más sabio, el hombre más humano. Ese es el hombre que me cantó toda la noche.
"My body is a cage and my mind has the key". Los violines le acompañaban, obstinados, se repetían y se repetían y se repetían. Eran suaves, rítmicos, armoniosos. De pronto, sin siquiera poder anticiparlo, ¡se abrió la compuerta! Los galgos, las violas, los lebreles y los chelos, en una furiosa carrera por la vida, se abalanzaron por el escenario en una frenética cacería sensual y dolorosa. Se oían sus fuertes pisadas, comiéndose el tiempo y la razón. No podía pensar, no podía recordar, solamente había espacio para sentir y vibrar. Las cuerdas de los violines se convirtieron en bestias que laceraban el corazón para que la sangre fluyera y se esparciera recorriendo la piel, apresándola, rasguñándola, doliéndola. No pude más. La entrega fue completa. Y ahora sé que no estoy sola.
24 noviembre 2011
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