La vida no era un paraíso. Fueron las palabras, sus sinsentidos y sus múltiples significados las que lograron la belleza.
viernes, 1 de noviembre de 2019
Peter Gabriel: The New Blood Orchestra y una jauría
¿Acaso Peter Gabriel se había equivocado? ¿Un concierto de rock en donde la consigna era "no guitarras, no batería"...no Gabriel? La idea de un cursi recital acompañado de violines y arpas me provocaba decepción o náuseas, no estaba segura. Solamente tres pantallas, no se veía ningún artilugio tecnológico de última generación. Un recinto que se llenaba lenta, muy lentamente era un presagio más. Sola en el silencio, mi cuerpo era una jaula.
Nada de eso. Peter Gabriel me ofreció una de las experiencias musicales más emotivas de mi vida. Y digo me ofreció porque sentí, a medida que escuchaba sus canciones, que en realidad estaba yo en una cita única y personal con él. Me platicaba de sus amores, de su padre, de sus sueños y de sus preocupaciones. Mis oídos se llenaban con su voz, rasposa y dulce, llevándome a vibrar con cada una de sus notas y haciéndome hablar de mí, de mi más profundo sentir. Las lágrimas, las mías, no nos abandonaron nunca. Y sus caricias tampoco. El hombre más tierno, el hombre más sabio, el hombre más humano. Ese es el hombre que me cantó toda la noche.
"My body is a cage and my mind has the key". Los violines le acompañaban, obstinados, se repetían y se repetían y se repetían. Eran suaves, rítmicos, armoniosos. De pronto, sin siquiera poder anticiparlo, ¡se abrió la compuerta! Los galgos, las violas, los lebreles y los chelos, en una furiosa carrera por la vida, se abalanzaron por el escenario en una frenética cacería sensual y dolorosa. Se oían sus fuertes pisadas, comiéndose el tiempo y la razón. No podía pensar, no podía recordar, solamente había espacio para sentir y vibrar. Las cuerdas de los violines se convirtieron en bestias que laceraban el corazón para que la sangre fluyera y se esparciera recorriendo la piel, apresándola, rasguñándola, doliéndola. No pude más. La entrega fue completa. Y ahora sé que no estoy sola.
24 noviembre 2011
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