martes, 28 de agosto de 2012

EL OLEAJE DE SU CUERPO

La mirada es la que traiciona. No se puede detener. Desvía mis ojos, no al deber pero sí a su cuerpo. Y lo miro. Lo miro allí donde la curiosidad y la desvergüenza comprometen. Lo miro sin piedad y con la angustia que revela una certeza. Nunca más será el mismo. Ha dejado atrás la lozanía, la aventura, los valles profundos y voluptuosos y sus colinas sembradas de pudor. Lo miro. Es un instante. Y nuevamente lo revela: roto, viejo y enjuto. Ya no es verdor, es oleaje. Marejada embravecida que en cada movimiento se ondula y se estrella. Es resaca gris, blanca y fláccida. Es la piel arenosa, arrugada y moribunda de la anciana que es mi madre.

lunes, 18 de junio de 2012

Dios también puede morir


Ayer tu piel era rosada. Hoy, el color es amarillo y mañana será cetrino. Tú lo sabes. El cáncer tiñe tus momentos y se come tu futuro. Tus ojos y los míos se miran en un instante de certeza que las palabras de consuelo no pueden ocultar: vas a morir. Tú lo sabes. Yo lo sé.

Al día siguiente los análisis, los estudios, las radiografías. Tu colega lo diagnostica: el maestro, el médico, el oncólogo tiene cáncer. Tu páncreas decidió aglutinar significados, pasiones, desmesuras y sinsentidos en un órgano para gritarnos: dios también puede morir. Porque tú, padre mío, negador recalcitrante de un ser omnipotente, maldecías a quien dudase de tu ciencia. Al cáncer que mata niños, lo mato yo. Tu vida, tu transcurrir y tu gloria así lo demostraron. No hay humildad en tus palabras, hay certeza. No den las gracias a dios, denme las gracias a mí.

Pero ahora, en las manos de otro estás tú. Otro parecido a tí. Quizá otro dios. Renunciar a la supremacía sobre la vida para ocupar la pasividad no es lo tuyo. Aún así, decides someterte. Yo no lo entiendo. Son días de espera llenos de miedo y estadísticas, de angustia y pronósticos. Oxigenar y nutrir un cuerpo rebajado a huesos y vísceras.

Tú y yo, padre e hija. Siempre juntos. Los cuentos que inventabas por las noches sentado junto a mi cama, los partidos de beisbol y los domingos caminando con la perra, cómplices del helado y de los pequeños secretos. Tú y yo, desmenuzando la vida, cada paso y cada instante. Mis novios y tus aventuras. Mis logros y tu fama. Nuestros viajes. Nuestra náusea. Nuestro todo. Ahora aquí, acostado en una cama blanca, medicinas inyectadas en tus venas, enfermeras que te tocan y te ultrajan sin saber quién eres, médicos que te reverencian y que envidian tu nombre. Una esposa que, fría y a la distancia, atiende tus necesidades pensando que si mueres, ella morirá más.

Es curioso que tú, el reconocido oncólogo, ahora tenga cáncer. Pero dime, padre mío, ¿él te atrapó? o ¿tú lo atrapaste a él, para ganarle la última batalla?


María Eugenia Silva Castrejón
Junio 2012

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