7 segundos
Pasos lentos,
arrastrados, dubitativos, que no se detienen muy a pesar de ellos mismos. Van
subiendo la escalera, comiéndose el tiempo, ya decididos a llegar. Está el
elevador, pero su prisa y su gente estorban.
“No me apresuro, ¿a dónde voy a
llegar?”
Personas pasan pero no la miran; su existencia
rutinaria, mecánica y solitaria no se molesta en observar detalles nimios y
diferentes que atraviesan su camino. Si acaso ven el cabello, la ropa, los tenis;
no miran la tristeza que camina junto a ellos y que refleja su propia vacuidad.
Tercer piso.
En realidad son seis. El multifamiliar es el doble de alto de lo que dicen sus
direcciones. Más de treinta metros. Ya no subir más. El cansancio agota, igual
que la vida cuando se vive una pesadilla. Sin embargo, esta altura, esta
angustia, esta emoción…
“Aquí
parada viendo al vacío soy. Soy la carne y los huesos, soy el sexo y los
golpes, soy la loca y soy la madre. Pero
también soy habitada por otros que me hacen ser otra: la cobardía, la desidia,
el hartazgo y la enorme, enorme duda del amor.”
Se acerca al
barandal. De inmediato esa sensación de horror la rechaza. No hay nadie. Siente el viento, su cabello se
alborota. Mira los volcanes.
“Pero
ya lo he visto todo ¿para qué quiero ver
más?”
Recorre los pasillos,
tienen tantos recovecos, tantas puertas, tantas personas dentro. Hay duda. Sabe que lo ha decidido y lo ha
preparado, pero tal vez podría haber otra oportunidad. Si se alejase de todo, si construyese un mundo
nuevo, si lograra hacerse amar.
“El
amor. ¡Mierda! El amor. El amor de una madre. ¡El amor maternal es una
patraña! Es un mito. No existe. Las madres son una mierda y lo sé porque yo soy
una madre. Somos capaces de hacer del hijo el arma perfecta para sacar del otro
lo que sea. Te engañan diciendo que aunque nunca te desearon cuando eras apenas
un feto, ahora te aman profundamente y, ya que son viejas e inútiles, es
momento de resarcirlas de todo lo que te dieron y así acaban con tu vida. El
amor de madre es el parapeto perfecto a la mezquindad y la podredumbre de alma.
Yo soy madre. Sé que mis hijos no me
detienen ni me son suficientes. Y eso me mata. Sé que ellos no me dan ni me
darán nunca lo que yo deseo. Y eso está bien. No les pido que me colmen, pero
este vacío me inunda de tristeza. No lo soporto. Si soy como ella y les demando
todo, es mierda. Si no les pido nada, es mierda. Y no puedo más. Los confundo y
los preocupo. ¿Qué hago con su mirada inquisitiva que pide a gritos silenciosos
ya poner un alto a tanta locura?”
“Y los
hombres, ¿acaso nos pueden amar? Siempre insatisfechas, siempre quejumbrosas,
siempre demandantes. Siempre buscando
ser amadas pero solo amándonos a nosotras mismas en el otro. Si yo fuera hombre ni las pelaría. Soy mujer y soy fea y estoy eternamente
frustrada. Quiero que un hombre me ame cuando no tengo nada que ofrecerle,
un culo lo encuentran donde sea. Sustancia es lo que hace que un hombre ame a
una mujer. No solo ser inteligente, culta, bonita. No. Es pensamiento, es risa, es ternura y es
generosidad. Y yo carezco de todo eso. Lo he vivido desde hace años y nada. Yo
no me puedo hacer amar. Y la verdad, ¿qué
es una mujer sin un hombre? Aunque las feministas me digan lo contrario, para
mí una mujer sin un hombre es un ser incompleto. Esa soy yo. Y ya me harté. Porque
ni sola ni acompañada. La vida, la vida puede volar. Yo puedo volar. La muerte
es posible.”
No hay
emoción en su rostro, sus gestos contienen su angustia. Nadie podría pensar que
va buscando por fin ese espacio donde sentirse viva. Nunca lo dirá. Nunca la
escucharán. Nadie sabrá que un sueño está por cumplirse. La nada.
Ahí está un macetero,
le llega a la cintura. Ya no hay horror: hay decisión. Sube en él, no mira
hacia abajo pero siente vértigo. Resbala su mano, se aferra al poste como si no
quisiera caer. El cuerpo tiembla de emoción, suda de impaciencia. Ya quiere
mirarlo todo. El macetero es testigo de su pisada y de su peso. Son 7 segundos
los que tarda en caer. Abortó su vida y ahora el gis que la rodea dibuja el
contorno de un feto. No hubo sangre, solamente
un cuerpo contenido, explotado por dentro, que nos dice: “el horror ya no es
mío, se lo dejo a los demás”.
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