¿Porqué me escribiste eso?
Meterme
en la música, ahogarme en ella, arrancar a dentelladas de chelo esto que me
destruye el corazón. Arrancarte de mí, ya no pensar más, no seguir la tortura
que día a día me atormenta y que no puedo darle fin. Sus compases horadan
profundo, destruyen, carcomen y dejan vacíos dolorosos que prometen exorcizar
todo el dolor pero yo, un yo que no termino de conocer, te busca en esos
huecos, en esa nada plena de angustia que me hace enloquecer. Yo busco ese
dolor en donde estás tú. Yo busco la nada en donde no estás tú.
Si
pudiera poner en papel lo que siento y poder aclarar mi mente. Escribir la
columna de pros y la de contras, así de fácil y tomar una decisión. La decisión
que calme los latigazos de energía electrizante que siento cómo sacuden mis
piernas y mis brazos, que se asienta en el estómago y provoca náuseas. Quiero
vomitar la respuesta correcta. Pero no doy con ella. Simultáneamente, arrancan
las dos posturas y una al lado de la otra, se rebaten, se pelean y
se destruyen. Confusión y paralización. No encuentro la respuesta. No encuentro
ni siquiera la pregunta. Ni la intención. “¿Porqué me escribiste eso?” Yo
recuerdo, con la desconfianza que le tengo a mi yo, que siempre me engaña y
desconoce todo, como niño chiquito que se hace tonto y entorna los ojos con una
falsa ingenuidad, yo recuerdo haber reconocido tus palabras en la boca de otro
del pasado cuando dijiste “voy a salir con todos, te busco en la noche”. Un
flashazo súbito de la memoria:
Hace 30
años. La imagen de una chica acostada en la cama junto al teléfono durante todo
el día de su cumpleaños, en espera de la llamada de quien prometía quererla.
Todo el día, como un catatónico que no responde y que, si era necesario,
cancelaría todo lo que interfiriera con ese mundo de uno. Y del otro imaginado
y creado por su deseo. La maldita esperanza y la incredulidad de que existiese
la maldad, dejaron pasar las horas y las miradas inquisitivas que por momentos
osaban preguntar si quería ir a celebrar. No. Ella esperaba su llamada. Solo la
llamada de él, que había prometido hacer de ese día una celebración de su
existencia. Y eso era en verdad lo que estaba en juego. Validar su
existencia con el amor que él juraba. Y no llamó. Nunca apareció. El
vaivén de emociones todas juntas, una tras otra, el amor y el odio al unísono,
la angustia, la ternura, el enojo, la esperanza, el anhelo, la duda, la
sinrazón, todas las posibilidades de sentimientos encapsulados en un cuerpo que
no se movió por horas, que esperó por horas, sin alejarse del teléfono por un
solo minuto pues no cabía la mínima posibilidad de no contestar. Nunca
llamó. Al día siguiente, cuando ella terminaba la rutina en el gimnasio, él
entró feliz, acompañado de sus hijos y de su esposa. “Estuve con todos”.
Entonces, ella se convirtió en nada.
Es el
terror de revivir eso lo que tus palabras me hicieron volver a sentir. El fin
de semana caminando con el perro, los compromisos en espera de que puedas
estar, las llamadas escondidas y en clave, los momentos vedados, las fiestas
sola. Ser amante. Riesgo inherente en la palabra. Amante no es amor, amante es
cuerpo y es placer. Es renunciar a ser la única y convertirme en bacinica. Ser
amante es quedarme de lado hasta que se pueda. Ser amante es verte correr
apresurado al encuentro con otra y ser despojada de todo valor, dejada allí,
siempre en espera de un gesto o de una palabra que pueda detener el hundimiento
en la indignidad. Porque tu apremio no es mi presencia, soy solo para el
momento libre y no quien ocupa tu mente, tu cuerpo y tu corazón, no tu todo, no
tu nada.
Recordar
es volver a vivir. Ese pedazo de memoria puede rescatarme de revivir el
doloroso tránsito a la nada. Ser alguien, aún a pesar de mí, aún a pesar de la
zozobra y el vacío, aún a pesar de la esperanza y de las ganas de ti, ser
alguien. Recapitular y construirme como sola puedo estar. Sin ti. Posiblemente.
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