domingo, 17 de septiembre de 2023

Marcelo Ebrard

Marcelo Ebrard, caray, nunca me cayó bien. Una sensación más bien de entraña y no específicamente basada en un conocimiento me hace rechazarlo. Ahora, está metido en toda conversación, en todo noticiero, en todo comentario. Su origen, su recorrido partidario, sus éxitos y hasta sus amores. Es el tema del día, de todos los días. Si su intención era que todo México lo conociera, definitivamente lo está logrando. Las razones de su proceder son meras especulaciones basadas en un comentario dicho aquí y otro allá, pero no hay un decir claro y contundente que emane de su boca que podamos tomar como su verdad. Porque resulta que todo lo que dice está sujeto a la interpretación de quien escucha, como siempre sucede, en un intento tal vez de ser quien más sabe, el que mejor calcula, el que se adelanta y previene la angustia o tal vez, porqué no, el que pueda tranquilizar el alma de quienes estamos en la zozobra de no caer nuevamente en el precipicio de la injusticia. Yo también aventuro mi hipótesis, sencilla en realidad. La muerte del patriarca mediante la traición y la creación de un nuevo proyecto, curiosamente similar al del padre, en procesos y recorridos, en ideales y metas, una copia barata que emule la grandeza de quien ya no está pero que el heredero sabría defender, si no fuera porque él no es el padre. Por lo pronto, recorrer el país, refrescar la memoria de sus propios logros, destruir al rival, en este caso a la hermana y demostrar al padre que él deberá ser ungido como el heredero del bastón de mando, tan pleno de significado. Ebrard estira la liga, un poco cada tanto, esperando que AMLO regrese de sus derroteros americanos y prometa, negociación mediante, que él será el elegido. De no ser así, la traición está a la mano. El canalla es paciente, calculador y sinvergüenza, detrás de la sonrisa y el arduo trabajo, va midiendo sus pasos, planea su estrategia mientras encubre la enorme satisfacción de burlar al otro, de engañarlo y hacerle creer que le respeta. En realidad para él, es solo el exquisito juego del poder, un juego sin límites ni ley. Con un sujeto así, el único camino es desenmascararlo, no incluirlo en la unidad, hacerlo un despojo y revelarlo como un vil trepador que no merece más que el destierro. Basta de llamarlo a la pertenencia del grupo aún cuando su ausencia reporte pérdidas, pues de lo contrario la complicidad se habrá instalado y la destrucción vendrá desde dentro. Aniquilarlo entonces para evitar la caída del padre.

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