La vida no era un paraíso. Fueron las palabras, sus sinsentidos y sus múltiples significados las que lograron la belleza.
domingo, 1 de noviembre de 2015
Las brujas. Las inanalizables.
Ser bruja, lo tiene inscrito el cuerpo. Cuerpo pleno de magia, de misterio y de sensualidad; cuerpo que encanta y atrapa, cuerpo que engaña y seduce. Y la mirada lo acompaña en sus goces inusuales, sus apetitos desquiciantes y en sus deseos colmados en la existencia del otro.
Es el cuerpo que corre en dos tiempos paralelos que ni se tocan ni se liberan. Un tiempo lineal, convencional, cronológico que altera las formas, las texturas, crea pliegues, oleajes y resacas en una piel que pronto se marchita. Este tiempo se desliza al parejo con la vida: respirar, comer, bailar, dormir, reír. Es el tiempo que todos conocemos, el que en su paso lleva a la muerte, del cuerpo.
Pero es un otro tiempo el que preocupa. Este tiempo elíptico que va y viene, pasado y actual a la vez. Un tiempo propio pero desconocido que tiene atrapado un deseo, que en su insatisfacción se aferra a su cumplimiento, un capricho inalterado que ejerce su poder aún a pesar de todo. Se impone, tortura, desquicia pero no se puede dejar ir. La reviviscencia de un deseo no aplacado que aparece y desaparece, que se repite en una compulsión mortífera que no cesa y es eterna.
Nosotras, todas brujas de ese tiempo inconsciente. Ni una sola se salva. Porque envuelto de un cuerpo pleno de redondeces, vértices profundos y melenas ondulantes se esconde el hechizo que ha de esclavizar al hombre, al hijo y al yo. Todas somos brujas habitadas por ese Otro, que es infancia y tiempo primordial, es palabra pronunciada por la ley que hizo mella en el goce: serlo todo y tenerlo todo, ser la única, ser la más.
Ese deseo voraz, gestado en la falta, en la falla, en lo que hay del cuerpo, será el motor de todo aquello que la bruja diga, haga, sienta o piense. Su vida girará alrededor de un vacío imposible de llenar. Pero ella no lo sabe. Sabe lo que siente: la angustia, el fastidio, la pereza, el odio pero sobretodo, la envidia. La envidia de aquella que también bruja es imagen de completud pero que, en sus adentros, mira a la rival con la misma animosidad con que es mirada. Curioso que aún sabiendo de la falta en la otra se dé rienda suelta a la destrucción fantaseada de aquella que carece de lo mismo, aquella que desea lo mismo.
Mujer esencial, mujer bruja, mujer madre. Vuela al infinito, juega con su fantasma, crea recuerdos que nunca sucedieron pero son reales, reminiscencias de goce profundo que aparejadas con la incesante estimulación de un mundo externo construye una vida. A veces pesarosa, a veces plena y disfrutable, el devenir mujer se juega a cada paso. Concibe al hombre e inventa al hijo, Cree encontrar en ellos aquello que la colmará para siempre. Inventa el feminismo, el trabajo y el voto. Adentrarse al mundo masculino, pleno de falos que circulan entre ellas para brindarles placer, dinero y posición. Construye enfermedades y muerte. Un cuerpo lujurioso y anhelante de ser poseído y sometido al deseo del otro, quienquiera que sea el otro. Encuentra el machismo y los golpes. Abandonarse en la impotencia del hombre que no puede más con su demanda. Pero ella, sin percatarse de lo que ha creado, sufre. Inexorablemente, la mujer sufre de todo aquello que no la colma, que no la completa. Sufre por su soledad, por su lascivia, por su desamor. Porque aún en el empuje cotidiano de su palabra y su quehacer, nada la satisface. Y entonces, se agria, se amarga y se empobrece. Deja a un lado sus vuelos irreverentes, creadores de las máximas ensoñaciones y universos infinitos. Aterriza, al paso de los años, en una piel arenosa, arrugada y moribunda. La vida es ya un circuito que se cierra. Un deseo primordial que, a causa de una falta, busca su cumplimiento en la muerte.
"¿Was wil das weis?" "¿Qué desea la mujer?" Es la pregunta culminante de un trabajo arduo, monumental y eterno que llevó a cabo Sigmund Freud. ¿Qué es lo que mantiene a la mujer en una insatisfacción absurda y caprichosa? ¿Cómo es que ella prefiere un sufrimiento ladino y la muerte, antes que ceder a la ley que le pone un límite a su goce? ¿Depende acaso de una mera fuerza de voluntad o de una toma de decisión, la posibilidad del disfrute de la vida? ¿O es que en la esencia de lo femenino, estará el capricho rigiendo su vida?
¿Y el otro goce? Dejar de ser bruja, devenir mujer.
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